Cuando hablo del “otro”, de lo intersubjetivo, me refiero a la presencia objetiva de la unidad y conexión ineludible con el otro, con un ser capaz de tener una existencia propia diferente a la mía, capaz de deseos auténticos diferentes a los míos, de la persona que de alguna manera articula mi propio equilibrio (o desequilibrio) a través de un vínculo, por lo que incluye también el otro que he internalizado, es decir que vive en mí de cierta manera, integrado a mí, y a mi mismo integrado en ese otro ser. Articula mi propio equilibro a través de un vínculo, en caso de que sea sano, y un desequilibrio si es un vínculo carente de ética, La sexualidad ética no se puede concebir separada de otro porque yo mismo no ‘soy’ sino a través de la intersubjetividad. De hecho nuestro cerebro es estructurado, neurológicamente hablando, por la manera como nos relacionamos con el otro, de ahí nace nuestro carácter que no es sino una estrategia de supervivencia que puede estar llena de destructividad… o creatividad. Lo mismo puede ocurrir con la ética… y la antiética
El sólo hecho de pensar y separar conceptualmente sexo de sentimientos es ya una fragmentación no ética que lleva a una conducta no ética. Fragmentación es lo que ocurre cuando el pensamiento queda solo constreñido a la búsqueda del placer inmediato actual, sin reconocer siquiera la existencia del otro como ser que siente
No romper la unidad con el otro implica la empatía, la capacidad para la resonancia somática o resonancia límbica, la solidaridad y responsabilidad por el otro, lo que en la conducta sexual significa necesariamente ir más allá del placer egoísta, solipsista, que en ausencia de dicha unidad se convierte en un placer predador. Las perversiones, la conducta sexual no ética, son producto de la fragmentación.
En el marco conceptual incluyo también una reflexión de la conexión de lo ético con el sufrimiento. De hecho, lo ético está relacionado con la necesidad del ser humano de compensar su fragilidad y su muerte, por lo que surge en el umbral mismo del sufrimiento. Los comportamientos éticos implican muchas veces, tal vez siempre, alguna renuncia, algún riesgo, algún esfuerzo, alguna postergación, es decir algún "sufrimiento", pero trato de demuestrar que de lo que se trata es de un sufrimiento que, de una u otra forma, es necesario para la vida. La madurez del individuo radica en el proceso de aceptación de una vida finita, la aceptación de la impermanencia de la que hablaba Buda y en la consciencia de la no separación con el otro
La empatía nos permite sentir al otro y “vivir en carne propia”, vicarialmente, lo que experimenta el otro, como mecanismo de supervivencia de la especie, no sólo del individuo (que no sobrevive solo).
El ser humano, de manera similar a otros organismos, nace biológicamente programado para sobrevivir y evitar la muerte, para sentirse bien y evitar el sufrimiento innecesario, y lo hace contando con un temperamento heredado que es uno de los factores que moldea su conducta. El ser humano nace esperando de manera innata ser cuidado, acogido, protegido, cobijado, mirado, alimentado, atendido, en otras palabras: esperando ser objeto del amor y afecto, de fantasías, de deseo, por parte de sus progenitores, en particular de su madre, y esa expectativa está teñida por su propias tendencias innatas que les darán un color especial. Si esas expectativas naturales no son satisfechas, se genera un vacío que el nuevo ser busca siempre cubrir. Obviamente no hay madres ni padres perfectos, por lo que siempre tenemos algún vacío… y también estamos llenos de lo que recibimos y construimos. Pero nunca dejamos de buscar lo que falta como dice Ron Kurtz. Es como si buscáramos siempre, hasta encontrarlas de alguna forma, aquellas experiencias faltantes, o hasta frustrarnos y sobrevivir a través de alguna estrategia, lo que constituye el llamado carácter, que se suma al temperamento innato. Este proceso autopoiético, autoconstructivo, no cesa nunca, porque - como decía el Mago Merlín - aprendemos hasta en el momento mismo de la muerte.
Luego ofrezco una discusión breve pero necesaria de lo que nos ofrece la psicología sobre el desarrollo de la sexualidad, que es objeto central de este proyecto. Desde Freud se plantea que se puede rastrear la presencia de satisfacciones sexuales desde la más temprana infancia, lo que implica el reconocimiento de la existencia de una sexualidad infantil. Sobre el cuerpo del niño se van determinando ciertas zonas como privilegiadas para obtener placer fundadas en la necesidad, pero en su evolución ontogenética, el placer y su búsqueda va más allá de la necesidad inmediata y la trasciende. Es decir la sexualidad no está atada únicamente a un concepto de necesidad sino a un “algo” que está más allá de esta.
Luego viene una amplia discusión acerca de la metodología del proyecto (Sección 6). La educación sexual ética, basada en valores, implica un abordaje que, esencialmente, crea espacios que invitan y dan pretextos para la integración, para superar la fragmentación. A través de cursos y talleres, fundamentalmente vivenciales, en los que los sentimientos y la reflexión estén sólidamente arraigados en la experiencia real, busco no sólo facilitar un aprendizaje conceptual, sino una reparación a través de la vivencia sanadora de las experiencias emocional y espiritualmente faltantes. Aquellas experiencias integradas que estuvieron ausentes o fueron dañadas o maltratadas, deben poder ocurrir en alguna forma, sea metafórica, real o imaginada pero siempre real, para llenar los vacíos y restablecer la unión entre los fragmentos escindidos de la experiencia.
La herramienta metodológica por excelencia que propongo es la realización de microexperimentos o pequeños experimentos, como gusta llamarlos Ron Kurtz, que crean espacios en los que la integración, la no fragmentación que fomento, se vive como evidencia, no solamente como concepto. Son espacios que buscan confirmar, experimentalmente, la hipótesis de que las actitudes y conductas no fragmentadas, integradas, llevan a lo ético, a una praxis sexual ética, es decir, son eticantes.
Arquetípicamente, cada experimento debe implicar el estudio y vivencia de la integración, de la no fragmentación, en un estado especial de consciencia llamado consciencia plena. Esta condición es indispensable ya que el estado ordinario de consciencia no permite ir más allá de lo aparente, ni libra la experiencia del control mental que la limita y fragmenta.
La reflexión no se basará en un proceso racional cognitivo fragmentado de la experiencia; no es un estudio puramente teórico, no es una teorización, sino una construcción de una experiencia vivencial que repara aquello que se destruyó o dañó o que no ocurrió y faltó. La reflexión no estará fragmentada de las emociones y sentimientos, pudiendo llegar a entenderse que hay emociones éticas como la solidaridad, respeto por otro, y emociones que no lo son, como el odio enfermizo, la celotipia, el parricidio, el filicidio, o las fantasías incestuosas. La reflexión no se alejará del reconocimiento del otro en mí y fuera de mí, ni de su inspiración en la trascendencia y significado que las personas y colectivos construimos acerca de la vida (nuestra espiritualidad), y ninguna reflexión se separará de la responsabilidad de llevar esa integridad a la vida práctica cotidiana, ni del requisito de la congruencia de tal postura, en todos los planos de la existencia ya que lo ético no existe en el concepto sino en la práctica.
El proyecto reconoce que la contención sana de la sexualidad, la postergación natural del inicio de la vida sexual, tiene una base natural biológica, que se manifiesta por el temor, la resistencia, la duda, el malestar natural ante avances prematuros, pero requiere la presencia de relaciones humanas sanas, nutricias, como caldo de cultivo enriquecedor de los valores que ayudan a los y las adolescentes a tener una vida sexual oportuna, con sentido, placentera y buena, basándose en el alimento emocional y espiritual brindado por educadores suficientemente sanos.
El método de trabajo que propongo se funda sobretodo en el reconocimiento de que los valores (a) se construyen desde la infancia y a lo largo de la vida, en un contexto natural, individual, familiar y social, (b) que constituye un proceso complejo que no podemos ni debemos controlar desde fuera, sino más bien (c) apoyarnos en la fuerza y potencial creativo, eticante y autosanador de la vida para facilitar su desarrollo en la forma más favorable posible para la misma vida.
Ni los niños, ni los adolescentes son un espacio vacío en el que habría que “meter” valores desde fuera. No son un material primario a “moldear” a imagen y semejanza de los adultos, no son unos “preadultos” a los que hay que forzar dentro de un modelo adulto preconcebido. Son una realidad humana en sí misma, en pleno proceso, personas que se van construyendo a sí mismas y a sus valores a partir de sus saberes previos, de su experiencia previa, producto de su necesidad de vivir, de su mandato vital, biológica, psíquica, social y espiritualmente, determinado y libre a la vez. Aparentemente eso es así, aunque no lo reconozcamos como tal, razón por la cual, desde muy temprana edad, nosotros construimos lo que vamos a ser y no somos simples productos pasivos de los adultos, por más importantes que estos hayan sido para nuestro desarrollo.
Por lo anterior, me permito decir que, más que con la prédica, los adultos modelamos, modulamos y sintonizamos con nuestra guía, con nuestra resonancia límbica, con nuestras respuestas y sobretodo con nuestra conducta, las respuestas de los menores frente a los dilemas éticos, viviendo en la práctica una moral que el menor siente y vive, y que se refleja o manifiesta en la autoconstrucción de su si mismo, pero no las sustituye ni la determina unilateralmente.
Para los alumnos el valor no es ni debe ser una abstracción conceptual sino una vivencia marcada por su acción ‘eticante’, por sus emociones, por sus sentimientos, por su experiencia corporal y espiritual, que es elaborada y construida en conceptos que no vienen de los discursos que “inculcan” valores sino de la manera como, poco a poco, ellos van registrando, construyendo y dando sentido a su proyecto de vida, en la medida que se autoconstruyen, en el espacio de la consciencia creciente de su finitud y de su fragilidad y de su necesidad de la trascendencia.
En mi propuesta formativa de contenido (Sección 7) sostengo que la formación de los formadores debe aportar ese alimento emocional, somático y espiritual humano de manera democrática, tolerante, no invasiva, no controladora, no utilitaria, no impositiva, contenedora pero no represora, capaz de resignificar la experiencia oportuna, apropiada y adecuadamente. Este aporte se dará en los siguientes pasos:
- Trabajos de crecimiento y desarrollo individual y grupal.
- Vivencias y reflexiones sobre los temas éticos en la educación sexual.
- Elaboración de un plan docente de educación sexual ética.
Todos y cada uno de los contenidos propuestos para el proyecto son cubiertos por experiencias que, en sí mismas, son una elaboración ética, una acción de “eticar” o una función ‘eticante”, como describimos anteriormente, es decir, una actividad que se inserta totalmente y sin reservas en ese espacio de la vida humana que cuida la vida, sólo que orientado al espacio de la educación sexual.
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