Espiritualidad como dimensión de la personalidad moral

 


Lupe y Sergio

 

Uno de los conceptos que adquirió muchísima fuerza en el desarrollo del curso sobre educación sexual ética ha sido el relativo a la espiritualidad. Se hizo desde un principio claro el deslinde entre la visión religiosa propia de alguna confesión específica, y la visión no religiosa de la espiritualidad. Se hizo este deslinde tanto por razones de independencia de cualquier religión específica, como de la necesidad de afirmar el principio de la dimensión espiritual sobre bases absolutamente propias.

Lo que pretendo en este trabajo es una teoría unificadora, y hay una contradicción en este esfuerzo porque que lo trato de describir, escribiendo y no lo puedo vivir sino en esta dimensión.

La vida es producto del proceso evolutivo que resulta de una larga cadena de transformaciones a la vez necesarias y probabilísticas, a la vez determinadas y randomizadas. Ella, la vida, evoluciona a través de un proceso natural en el que existe igualmente el azar y la necesidad, caracterizado sobre todo por la cooperación entre las diferentes manifestaciones de la misma en la forma de especies, pero también por la lucha entre estas por la supervivencia.

 Todo ser viviente tiene constitucionalmente el impulso de proteger su vida, de evitar el sufrimiento y la muerte, lo que suele llamarse el instinto de conservación, y lo hace cooperando y compitiendo entre sus congéneres y con otras especies,

El ser humano, como muchos mamíferos y otros géneros animales, tiene, constitucionalmente, biológicamente, necesidad de evitar el sufrimiento propio (y ajeno como en los más desarrollados), y tiene el impulso primario de disfrutar de la vida. Para ello cuenta con varias herramientas biológicas que van desde el sistema inmunológico, hasta las emociones y los sentimientos, pasando por la consciencia, y, sostengo, la espiritualidad que lo ayudan a transitar en la vida.

Cuando todos los órganos de la percepción, incluyendo la propiocepción, informan al sistema nervioso central del estado del organismo que hay un equilibrio favorable a la vida, se dice que la homeostasis está equilibrada y el organismo experimenta una sensación de bienestar.

La consciencia es una cualidad que desarrollan las especies en relación al cuidado de la vida, tanto en su forma nuclear como la ampliada, partiendo desde sus formas más primitivas como la irritabilidad existente ya en los organismos unicelulares y su subjetividad primaria (diferenciación entre el adentro y el afuera y de sus límites). En el ser humano, la consciencia evoluciona hasta las formas muy complejas, que lo llevan a reconocer la inevitabilidad del dolor, de la enfermedad y de la muerte, y eso, en si mismo, altera el equilibrio homeostático del ser humano.

El ser humano busca compensaciones para restablecer su homeostasis, alterada por la consciencia de la enfermedad y de la muerte, del temor al vacío. Por ello construye ideas como la de la inmortalidad, la de una existencia diferente, sobrenatural, y construye sentidos a su vida temporal y a la impermanencia de todo lo que existe.

Por otro lado, el mismo salto cualitativo de la consciencia que logra la evolución lo lleva también a buscar explicarse el mundo a través de múltiples formas, desde las más primitivas, mitológicas y arquetípicas hasta la ciencia y la filosofía.

Esta necesidad de explicarse el mundo es también un producto de la evolución, que partió de la necesidad de explicarse cosas muy elementales pero indispensables para la supervivencia desde los albores de la humanidad.

La consciencia, la inmensa capacidad para la reflexión, lo vasto de su memoria operativa y expandida, su capacidad para prever y planificar incluso el futuro, lo lleva también a reconocer y admitir que hay cosas que no puede explicar ni podrá tal vez explicar nunca (como la pregunta acerca de qué había antes de la explosión primigenia del universo,… si es que había un “antes”). De ahí surge el asombro, el portento, ante lo infinito, ante lo eterno, ante el cambio incesante, ante la complejidad, ante lo insondable, ante el misterio.

Para explicarme mejor, creo que podría resumir este concepto de la espiritualidad, formulando la siguiente hipótesis: a lo largo de millones de años, y a través de una maravillosa danza entre la necesidad y el azar, la evolución ha llegado, con la humanidad (y tal vez, en formas muy primitivas, en otras especies), a lo eticativo o, en un sentido más amplio, a la actividad espiritualizativa o espiritualizante. Esta es una cualidad del ser humano, naturalmente dotado de una capacidad tan extraordinaria para la consciencia, para la reflexión, para la memoria, para la comunicación, para la empatía y la resonancia límbica, para la previsión del futuro, para el conocimiento, así como para el placer y el cultivo y cuidado del bienestar, que lo ha hecho sumamente sensible y consciente de la realidad del sufrimiento y de la finitud de la vida, así como de la asombrosa y portentosa complejidad, infinitud y eternidad de un universo solo parcialmente cognoscible. Esta cualidad espiritualizante, de nítidas bases biológicas, que lleva al ser humano a construir sentidos para la vida, a buscar lo trascendente, a dar altura y magnificencia a la frágil vida humana, se ha transformado en una necesidad para la homeostasis y la supervivencia dada la amplísima consciencia humana... y está en pleno proceso evolutivo que sólo cesará con la vida humana (¿…sólo humana?). Creo que toda la cultura, la civilización, el arte, el amor sublime, la religión, la filosofía, la ciencia, son los extraordinarios productos de esta actividad y cualidad espiritualizante. Es ahí, creo, donde hemos llegado…. Mi propuesta ha sido y es asumir esta creencia, esta actitud, esta práctica, como hipótesis de base para una educación ética en general, y para una educación sexual ética en particular.

 

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